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El metro nació en 1791 y salió de la Tierra: se definió como la diezmillonésima parte de la distancia que va del Polo Norte al ecuador pasando por París. Es decir, que ese cuadrante de meridiano mide, por definición, 10.000 kilómetros. Nadie lo había medido todavía.
El círculo del mapa tiene 1.075 kilómetros de radio y su centro está en Barcelona: el borde pasa por Dunkerque. Ese es exactamente el trozo de meridiano que Jean-Baptiste Delambre y Pierre Méchain salieron a triangular en 1792 para averiguar cuánto medía el metro —la décima parte del cuadrante, extrapolada al resto—. Tardaron siete años, se equivocaron, y ese error sigue dentro de la unidad hoy. Este artículo forma parte de las unidades de distancia y de dónde vienen; su hermano por contraste es la milla, que se hizo justo al revés.
Antes del metro, en Francia convivían unos 800 nombres de unidades y, según los historiadores, más de 250.000 valores distintos: el mismo nombre medía una cosa en cada sitio. La pinte de París eran 0,93 litros y la de Saint-Denis, a diez kilómetros, 1,46. El pie de un gremio no era el del gremio de al lado, y la medida de grano cambiaba de pueblo a pueblo, casi siempre a favor del señor que la definía. Medir era una forma de cobrar.
Todas esas unidades tenían un problema común: salían del cuerpo humano o del trabajo humano —el pie, el codo, el paso, el surco—, y por tanto no había forma de comprobarlas contra nada. La idea revolucionaria, en el sentido literal, fue buscar un patrón que estuviera fuera de la discusión: algo que cualquiera, en cualquier país y en cualquier siglo, pudiera volver a medir por su cuenta. La historia completa de esas unidades viejas está en el pie, la legua y las demás unidades de distancia.
En 1790, Talleyrand propuso a la Asamblea la solución más sencilla: definir la unidad como la longitud de un péndulo que bate segundos a 45° de latitud, es decir, el que tarda un segundo en cada oscilación. Es un experimento que cabe en una habitación y que puede repetir cualquiera con un hilo, un peso y un reloj.
La Academia de Ciencias lo rechazó por un motivo incómodo: la gravedad no es la misma en todas partes. Cambia con la latitud y con la altitud, así que el péndulo mediría cosas ligeramente distintas en París, en Quito o en la cima de una montaña, y la unidad dependería de dónde la midieras. Además, definir una longitud a partir de un tiempo obligaba a fijar antes el segundo, que venía del calendario del Antiguo Régimen.
Lo divertido es lo cerca que estuvo: un péndulo de segundos mide 993,6 milímetros con la gravedad estándar. Si hubiera ganado la propuesta de Talleyrand, el metro sería 6,4 milímetros más corto de lo que es, y todo lo demás —el kilómetro, el litro, el kilo— estaría corrido en la misma proporción.
La Academia eligió el meridiano. El metro sería la diezmillonésima parte del cuadrante del meridiano que pasa por París, del Polo Norte al ecuador. Por qué diez millones y no otra cifra es la parte menos épica y más práctica: se sabía de sobra que esa fracción daba una longitud parecida a la vara de medir de toda la vida, así que la unidad nueva se parecería bastante a lo que la gente ya usaba. El nombre salió del griego métron, «medida».
El plan tenía un agujero evidente: nadie podía ir a medir de París al Polo Norte. Lo que sí se podía era medir un trozo de meridiano con mucha precisión, calcular cuántos grados abarcaba y extrapolar el resto. Se eligió el arco entre Dunkerque y Barcelona: unos 1.075 kilómetros, la décima parte del cuadrante, casi todo en territorio francés, atravesado por el meridiano de París, con los dos extremos al nivel del mar y repartido a ambos lados del paralelo 45 para que las deformaciones de la Tierra se compensaran.
En junio de 1792 salieron de París. Delambre se encargó del tramo norte, Dunkerque-Rodez, 742,7 kilómetros; Méchain del sur, Rodez-Barcelona, 333 kilómetros. El método era la triangulación: encadenar triángulos entre campanarios, torres y cumbres, medir a mano una sola base con reglas de platino y deducir por trigonometría todas las demás distancias, sin volver a tocar el suelo.
El momento no podía ser peor. Francia estaba en plena Revolución y, poco después, en guerra con España. Dos señores subiendo a los campanarios con instrumentos de latón y banderas de señales eran, para cualquier vecino, espías. A Delambre lo pararon una y otra vez y tuvo que enseñar salvoconductos firmados por autoridades que a veces ya habían sido guillotinadas; a finales de 1793 el Comité de Salvación Pública lo expulsó de la propia comisión de pesas y medidas junto con Borda, Laplace, Coulomb y Lavoisier, por poco republicanos; a Lavoisier, que era el tesorero de la comisión, lo guillotinaron el 8 de mayo de 1794. A Méchain lo detuvieron sospechando que sus instrumentos eran armas y, cuando estalló la guerra, quedó internado en Barcelona: salió hacia Italia y no pudo volver a Francia hasta 1795.
Volvieron a París a finales de noviembre de 1798 con los datos. Siete años para medir mil kilómetros.
Atrapado en Barcelona, Méchain aprovechó para medir la latitud del castillo de Montjuïc con todo el cuidado del mundo. Y luego la volvió a medir. Y los dos resultados no coincidían: la diferencia era de unos pocos segundos de arco, invisible para cualquiera menos para él, pero suficiente para que el dato que iba a definir la unidad de longitud del mundo entero no fuera de fiar.
No dijo nada. Maquilló los cuadernos, entregó la cifra buena y pasó el resto de su vida intentando demostrarse que no se había equivocado. Acabó volviendo a España a prolongar el arco hacia el sur, hasta las Baleares, con la idea de que los números nuevos taparan los viejos. Murió allí, de fiebre amarilla, el 20 de septiembre de 1804, en Castellón de la Plana. Delambre heredó los cuadernos, entendió lo que había pasado, publicó los datos y guardó el resto en el Observatorio de París, donde aparecieron un siglo y medio después.
Conviene decirlo claro: el error de Méchain no era fraude de resultados, era un problema físico que nadie sabía tratar todavía. La vertical que marca una plomada no apunta exactamente al centro de la Tierra cuando tienes una montaña al lado —lo que hoy se llama desviación de la vertical—, y Montjuïc, con el mar a un lado y la sierra al otro, es un sitio espléndido para que eso pase.
Con la geodesia moderna sabemos cuánto mide de verdad el cuadrante del meridiano: unos 10.001.966 metros. Es decir, 1.966 metros más de los 10 millones que decía la definición. Repartido entre diez millones, eso significa que cada metro se quedó 0,2 milímetros corto (0,1966, para ser exactos).
Puesto en cosas que se ven:
Lo llamativo es que ese error ya no se puede corregir, y no por pereza. Cuando en 1799 se fabricó la barra de platino patrón, la unidad dejó de ser «la diezmillonésima parte del meridiano» para ser, en la práctica, «la longitud de esta barra». Todas las redefiniciones posteriores —la de 1889, la de 1960, la de 1983— se calcularon para conservar exactamente la longitud que ya existía, porque cambiarla habría invalidado de golpe todos los planos, todas las máquinas y todos los patrones del mundo. El metro de la velocidad de la luz, la unidad mejor definida de la historia, lleva dentro el error de dos astrónomos del siglo XVIII con un mal día en Montjuïc.
El metro no lo cerró Francia sola. En 1798 se convocó en París un congreso internacional para revisar los cálculos y fijar los patrones definitivos, el primer organismo científico internacional de la historia. España mandó a dos: el marino y matemático valenciano Gabriel Císcar y el matemático asturiano Agustín de Pedrayes, nombrado por el Ministerio de Estado el 12 de septiembre de 1798.
El dictamen de 1799 fijó el metro en 443,296 líneas de la toesa de París —el provisional de 1793 eran 443,44, así que el arco de Delambre y Méchain lo acortó unas tres décimas de milímetro— y se depositó en los Archivos de la República la barra de platino que se conoce como mètre des Archives. Ese es el metro que heredamos.
España tardaría medio siglo en usarlo: la Ley de Pesas y Medidas del 19 de julio de 1849 lo hizo legal, la obligatoriedad se aplazó siete veces y la implantación real se arrastró hasta cerca de 1880. Pero sí estuvo desde el primer minuto en el club internacional: España es uno de los 17 países que firmaron la Convención del Metro el 20 de mayo de 1875 en París, el tratado que creó la Oficina Internacional de Pesas y Medidas y que sigue gobernando el sistema hoy.
El metro se ha redefinido cuatro veces, y cada una persigue lo mismo: quitarle precisión al objeto y dársela a la naturaleza.
| Año | Qué era un metro | Problema que resolvía |
|---|---|---|
| 1791 | La diezmillonésima parte del cuadrante del meridiano de París | Una unidad que no dependiera de ningún rey |
| 1799 | La longitud del mètre des Archives, una barra de platino | Tener algo con lo que comparar de verdad |
| 1889 | El prototipo internacional de platino iridiado (90 % / 10 %), con sección en forma de X | Una aleación estable y una sección que no se comba |
| 1960 | 1.650.763,73 longitudes de onda de una raya naranja del kriptón 86 | Cualquier laboratorio podía reproducirlo sin viajar a París |
| 1983 | Lo que recorre la luz en el vacío en 1/299.792.458 de segundo | Fijar la velocidad de la luz y medir con láser |
La definición de 1983, que es la vigente, tiene una elegancia particular: ya no se mide la velocidad de la luz. Se le asigna el valor exacto de 299.792.458 metros por segundo y es el metro el que se deduce de ahí. Dicho al revés, la luz tarda 3,34 nanosegundos en recorrer un metro, y esa es hoy la definición de la unidad. La revisión del SI de 2019 la mantuvo intacta y entró en vigor, con puntería, el 20 de mayo: el 144º aniversario de la Convención del Metro.
| Metros | Sistema imperial | Qué es |
|---|---|---|
| 1 metro | 3,281 pies · 39,37 pulgadas | La unidad base del SI |
| 0,3048 m | 1 pie exacto | Definido en metros desde 1959 |
| 0,9144 m | 1 yarda exacta | De ahí salen el pie y la pulgada |
| 1,8288 m | 6 pies | «Six feet», la altura de las películas |
| 1.000 m | 0,621 millas | Un kilómetro |
| 1.852 m | 1 milla náutica | Un minuto de arco de meridiano |
Y una nota que explica media serie: el pie, la pulgada y la yarda se definen en metros desde el acuerdo internacional de 1959. El sistema imperial lleva casi setenta años midiendo con el metro sin decirlo.
¿Quieres el número y ya? El conversor de distancias pasa metros a pies, yardas, millas o millas náuticas. ¿Quieres verlo? Escribe una distancia en la herramienta de distancias y se dibuja a escala sobre tu ciudad. Y si quieres la historia completa —la milla, el pie, la legua y por qué no nos ponemos de acuerdo—, está en las unidades de distancia.